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Familias Canguro

Cuando Ignacio, en el parque, cuenta algo sobre su otra mamá, las madres se vuelven hacia Paloma y le preguntan: “¿Es adoptado?”. “No, acogido”, contesta ella, sabiendo que, una vez más, nadie va a entender a qué se refiere. Y es que el acogimiento familiar aún es una opción minoritaria en España.

Y niños en situación de desamparo no faltan, precisamente. En nuestro país hay más de 30.000 menores tutelados por el Estado. No pueden ser adoptados, porque tienen padres biológicos que no han renunciado a ellos, y no pueden regresar a su familia de origen por diversas circunstancias (falta de medios, enfermedad mental, adicciones, prisión...). Muchos viven en centros de menores.

Más de la mitad (unos 15.900), en régimen de acogimiento. Pero la realidad es menos impresionante de lo que parece: la inmensa mayoría (el 93% de los acogimientos administrativos, que son casi todos) viven con sus propios abuelos o tíos. La cifra restante, un humilde 7%, corresponde a familias que se ofrecen a integrar en su hogar a un menor desconocido y a tenerlo allí hasta que su situación familiar se resuelva o hasta que sea mayor de edad y se independice.

El acogimiento tiene una larga tradición en países anglosajones. En España se le F milias canguro dio forma legal en 1987 y, aunque sigue siendo raro, las campañas de divulgación y el boca a boca han hecho que las familias acogedoras hayan aumentado un 146% en los últimos ocho años.

El proceso es similar al de adopción. La familia interesada se dirige a la comunidad autónoma y recibe información y un cursillo. Después, debe ser declarada idónea. Se le exigen ciertos requisitos (tener más de 25 años, medios económicos suficientes, una vida familiar activa...) y los psicólogos y trabajadores sociales realizan diversos informes. Es posible enunciar preferencias: edad, sexo, discapacidades... Una vez lograda la idoneidad, la familia pasa a una lista y espera a que le ofrezcan un menor que se ajuste a su perfil. “No buscamos niños para las familias –precisa Paloma Martín, directora gerente del Instituto del Menor y la Familia–, sino la mejor familia para cada niño”. Después comienza el periodo de adaptación. Los padres visitan al niño en el centro, se lo llevan a merendar, a pasar el día... y, finalmente, se queda en casa.

Pero, ¿por qué enviar a un niño a vivir de forma temporal a un hogar que no es el suyo? Según Paloma Martín, porque la familia es la primera red de protección social: “El niño recibe un trato más cercano que en el centro, cariño, estabilidad... También descubre la vida de una familia estructurada, con rutinas tan básicas como levantarse para ir al colegio o al trabajo, algo que muchos no han vivido porque tienen padres sin trabajo, enfermos o ausentes. También reciben una formación en valores muy beneficiosa”.

LLEGAN LAS DIFICULTADES

No hay que olvidar que se trata de niños con una historia personal difícil, que hay que aceptar y saber gestionar. “Al principio, vivimos una luna de miel –afirman Juanjo y Clara, que tienen dos niños acogidos–. Todos poníamos de nuestra parte y las cosas iban de maravilla. Después comenzó el curso y, como no tenían hábitos de estudio, empezaron los problemas”. Ahora, con paciencia y trabajo, han superado también esa fase.

Otro de los caballos de batalla con los que se enfrentan las familias es la relación con los parientes biológicos del menor. Uno de los requisitos para acoger es estar dispuestos a trabajar para que el niño pueda volver a su hogar de origen. Esto implica trabajar con sus padres biológicos y con otros parientes (no es raro, por ejemplo, que un menor pierda contacto con su madre y lo mantenga con sus abuelos). “Al niño –afirma Paloma Martín– le da seguridad saber que tiene a sus dos familias y, si hay buenos canales de comunicación entre acogedores y biológicos, su sentimiento de abandono se reduce”. Esto no siempre es fácil: a veces, los padres se encuentran en prisión o en tratamiento y la familia acogedora debe encargarse de que los niños los visiten. Además, algunos padres biológicos no aceptan que otras personas “usurpen” sus funciones, con lo que, además, le crean al menor un conflicto de lealtades.

AYUDAS Y DESPEDIDA

En raras ocasiones, el acogimiento fracasa; casi siempre, el temporal se capea. “Suelen ser familias consolidadas –explica Martín–, con más hijos, que saben a qué se enfrentan y tienen habilidades emocionales suficientes para resolverlo”. De ser necesario, la comunidad autónoma proporciona ayuda psicológica. La familia tiene también otras ayudas: subvenciones, deducciones en el IRPF, becas de comedor... El menor, incluso, cuenta a efectos de familia numerosa, o a la hora de dar puntos para la escolarización. Por desgracia, las ayudas se suspenden al cumplir 18 años.

¿Y si la situación del menor se soluciona y se marcha? “Pues la familia pasa su pena, pero saben que ésa es la grandeza del proyecto”, asegura Paloma Martín. “Estaremos tristes cuando se vaya Roberto –corrobora Paloma, refiriéndose al menor que tiene en acogimiento temporal–. Pero ¡es que se va con su madre! ¿Qué puede ser mejor para él?”. Eso sí, no sabe si después volverá a acoger: “Todo depende de cómo lo lleven los niños”.

UNA REALIDAD MÚLTIPLE

Es muy frecuente asociar el acogimiento a la adopción. Y es lógico, porque las adopciones nacionales cuentan con una fase llamada acogimiento preadoptivo, en la que el menor pasa a vivir con sus nuevos padres aunque éstos aún no tengan la patria potestad; pero éste es el único punto de contacto entre ambas realidades.

El acogimiento es una medida temporal que nunca está encaminada a la adopción, ya que estos menores no son “adoptables”. “Quien quiere una adopción es porque tiene el deseo inmenso de ser padre; quien busca el acogimiento quiere hacer un ejercicio de solidaridad”, asegura Paloma Martín. Sin embargo, hay varios tipos de acogimiento y uno de ellos, el permanente, implica que el niño va a pasar una larga temporada con la familia de acogida: se dicta cuando no hay referencias sobre cuándo podrá volver a su hogar de origen.

El temporal, en cambio, se produce cuando sí es previsible el retorno. Y aún hay dos modalidades más, de momento poco utilizadas, ya que hay pocos programas que los incluyan: el acogimiento de urgencia, que busca hogares para menores cuya situación legal aún está decidiéndose; y el vacacional, que proporciona un hogar de acogida a niños durante el verano y que, curiosamente, sí se practica con menores venidos de otros países.

Revista Mujer Hoy