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Padres hiperconectados, hijos carentes de atención


The New York Times. Por Julie Scelfo


En lugar de concentrarse en sus hijos, Rakesh Thakkar, arriba, usa su iPhone durante la cena. Se alienta a los padres a leer y a interactuar con sus hijos. Los niños se frustran cuando los mensajes de texto o de Twitter se convierten en una prioridad.


Buena parte de la preocupación respecto de los teléfonos celulares, los mensajes instantáneos y el Twitter se concentra en cómo afecta eso a los chicos que usan la tecnología permanentemente. Sin embargo, el uso de esa tecnología por parte de los padres –y el efecto que eso tiene en sus hijos– se está convirtiendo en una fuente de alarma similar para algunos investigadores de desarrollo infantil.


Sherry Turkle, directora de la Iniciativa sobre Tecnología y Yo del Massachusetts Institute of Technology, estudia la forma en que el uso de la tecnología que hacen los padres afecta a los niños y a los adultos jóvenes.

Luego de cinco años trescientas entrevistas, determinó que los sentimientos de dolor, celos y competencia están muy extendidos. En sus estudios, dijo la Dra. Turkle, “una y otra vez los niños plantearon los mismos tres ejemplos de sentirse heridos y no querer demostrarlo cuando su madre o su padre se dedicaban a sus aparatos en lugar de prestarles atención: en las comidas, cuando los iban a buscar al colegio o a alguna actividad extracurricular, así como durante competencias deportivas”.


La doctora Turkle señala que reconoce la presión que sienten los adultos en lo relativo a estar siempre disponibles para trabajar, pero agrega que hay una fuerza mayor que los lleva a seguir revisando la pantalla.


“Hay algo muy absorbente que caracteriza la interacción de la gente con las pantallas”, dice. “He hablado con chicos que tratan de hacer que sus padres dejen de mandar mensajes mientras manejan y se encuentran con la resistencia de los mayores: ‘Uno más, sólo uno rápido más, mi amor.” Es como si dijeran: ‘Un trago más’”.


Mientras esperaba el ascensor en un negocio cerca de su casa, en Virginia, Janice Im, que trabaja en desarrollo infantil, presenció hace poco un incidente entre un niño y su madre.


El chico, que Im calcula que debería tener unos dos años, hizo reiterados intentos de hablarle a la madre, pero ella no levantaba la vista de su Blackberry. “La llamaba una y otra vez, recuerda Im, hasta que empezó a darle golpecitos en la pierna. Ella contestó: ‘Esperá un segundo’.” Finalmente, cuenta Im, el niño se sintió tan frustrado que empezó a gritar y a tratar de morderle la pierna.


No todos los especialistas en desarrollo infantil consideran que el uso de teléfonos inteligentes y laptops por parte de los padres es necesariamente algo malo. Los padres siempre tienen que dividir su atención, y los investigadores señalan que hay una diferencia entre cantidad y calidad en lo que respecta a las conversaciones entre padres e hijos.

“Todo se reduce a la calidad del tiempo, y el tiempo distraído no es de calidad. Me refiero a cuando los padres chequean el diario o su BlackBerry”, declara Frederick J. Zimmerman, un profesor de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de California, Los Angeles, que estudia la forma en que la televisión puede distraer a los padres. También destaca que los teléfonos inteligentes y las laptops permiten que los padres pasen más tiempo en casa, lo cual, a su vez, se traduce en más tiempo de calidad.


Hay poca investigación sobre cómo el constante uso de tecnología de los padres afecta a los hijos, pero los especialistas afirman que no hay duda de que la paternidad comprometida –hablar con los hijos– sigue siendo la base del aprendizaje en la primera infancia.


El famoso libro de Betty Hart y Todd R. Risley, Diferencias significativas de la experiencia cotidiana de los niños estadounidenses, de 1995, muestra que los padres que proporcionan a sus hijos un entorno rico en lenguaje los ayudan a desarrollar un vocabulario amplio, lo cual apoya a que aprendan a leer.


El libro relaciona el lenguaje que se usa en casa con la situación socioeconómica. Según sus conclusiones, los chicos con mayor nivel socioeconómico escuchan un promedio de 2 mil 153 palabras por hora, mientras que los de hogares de clase trabajadora sólo 1 mil 251.


Hart, que ahora es profesora emérita del Life Span Institute de la Universidad de Kansas, dice que hace falta más investigación para determinar si el uso constante de teléfonos inteligentes y otra tecnología interfieren en la comunicación entre padres e hijos. Sin embargo, manifestó su esperanza en que más padres analicen cómo el uso de aparatos electrónicos puede limitar su capacidad de cubrir las necesidades de sus hijos.


Meredith Sinclair, madre y blogger de Wilmette, Illinois, señala que no sabía que lo que atrapa su adicción a la Red afectaba a sus hijos hasta que estableció una limitación del uso de Internet entre las 16 y las 20 horas. “No puedo hacer las dos cosas”, declara. “Si estoy conectada, la tentación es demasiado fuerte”.